martes, 11 de febrero de 2014

Belle-de-Mar


El autor de Los Diarios de Belle-de-Mar escribió el libro al año de fallecer su esposa víctima de la Leucemia. La mayor parte de las páginas de este libro fueron escritas mientras sonaba en el equipo de música del autor la banda sonora de la famosa película LA LISTA DE SCHINDLER.
El autor recomienda leer este libro -si ello es posible- teniendo como paisaje de fondo la musica de THEME FROM SCHINDLER'S LIST para la mejor comprension del estado de ánimo en que se encuentra el autor mientras va tecleando su dolor sobre el ordenador. Vale
















                                            Dime, Belle-de-mar:
                                       Mi alma y tu alma de mujer
                                         ¿donde se han conocido?
                                                        Dime:
                                          ¿Cuántas fértiles vidas
                                          no habrán recorrido ya
                                             -¡Oh Belle-de-mar!-
                                                 nuestras almas
                                  -también a este lado de la Muerte-
                                     hermanadas por los hombres;
                                        hermanadas, Belle-de-mar
                                            con la misma fuerza,
                            con la que se hermanan la flor y su dolor,
                                            Dios y su existencia,


                                         el Sol y las montañas...?












Esta mañana....


                       Suite

Esta mañana hemos salido a pasear por la playa. Su hermana ha venido a casa para cortarle el pelo con la maquinilla de pelar hombres. Cuando ha terminado de ataviarla Belle me ha llamado. Yo he subido y he entrado en nuestro dormitorio pidiendo permiso, como en las casas de importancia. La he encontrado guapa y así se lo he dicho. Y ella, con cierto desenfado me ha llamado embustero, pero como jugando y con un ligero temblor de aguas en el fondo de sus ojos.
Hemos ido a Torre del Mar. En el Paseo todos nos miraban. Yo me sentía como si llevara de la mano algo muy importante. Belle anda como no queriéndose romper, y sin pretenderlo se hace fuerte, como algo clásico que se echara a la calle a pasear. Me mira con sus ojos grandes, hermosos pero tristes, muy tristes. Y me dice que me quiere. Y yo entonces la siento como una linda pompa de jabón que se me quiere romper entre las manos. Las gaviotas, jugando con la brisa del mar han tejido un palio de lunas blancas sobre nuestras cabezas. De pronto, el viento ha saltado a Poniente. Las gaviotas se han dispersado con un espeso griterio, y un viento fresco y azul nos ha lavado a los dos la cara.
La mañana ha terminado con la cotidiana compra del periodico y el aperitivo en un chiringuito solitario del Paseo Marítimo pero yo sé, en lo más hondo de mí, que algo de habanera inacabada ha tenido ese paseo por la playa. Por la tarde, en casa, le he montado la sombrilla en la terraza que mira a la playa y ella, como una hermosa hada de los colores se ha sentado a poner orden en el azul del mar.

Parece como si este año......

                             I



Parece como si este año el invierno se quisiera adelantar. Una lluvia fresca y menuda, un sirimiri triste y monótono está lavando en estos momentos, mientras escribo, los cristales de la ventana. Si pudiese abrirla, seguramente me vendría el vaho de pan caliente que exhala la tierra cuando caen sobre ella las primeras aguas del año, o tal vez pudiera aspirar, con no poco regusto, ese perfume agrio de la hierba recién cortada que el jardinero segó ayer por la tarde. Ese fresco aroma de campo recién llovido se llevaría, sin duda, este horrible aliento de muerte y antibióticos que exhalan las paredes. Pero no, no me llega ese perfume de jardín recien peinado, como tampoco me llega, como cuando estoy en casa, el olor del mar, por más que las gaviotas -Mario las llama, pavanas- me traigan su imagen cuando sobrevuelan el cielo del Hospital, a la atardecida, camino de un enorme vertedero que hay en el interior. No. No llega hasta aquí el olor del mar; aún está muy lejos, demasiado lejos. Cuando sopla viento de Poniente y el día amanece limpio y claro como un cristal puedo distinguir desde la cama apenas una delgada linea azul que corre por encima de los últimos edificios de la ciudad. En días de bruma esa línea se confunde con el cielo, la raya del horizonte se borra, y los barcos aparecen entonces como flotando en el aire; bueno, no en el aire exactamente, sino en una especie de puré licuado que va pasando del azul al naranja, y del naranja al violeta a medida que la tarde va muriendo. No es como en casa, no. En casa, si dejo el balcón de la terraza abierto puedo oir desde cualquier rincón y perfectamente los gritos de las gaviotas que deambulan a todas horas por la playa picoteando en las basuras. Y hasta puedo verlas, agrupadas cerca del espigón de la Ermita, al pie de su acantilado, agrupadas, si, pero andando cada una de ellas en direcciones opuestas, como si estuvieran reñidas, o como esos paseantes que el azar reune una mañana de domingo en una pequeña pero concurrida Plaza Mayor de pueblo. Solo se juntan con los primeros calores de la mañana; cuando levanta el día por la parte de Nerja se ponen todas mirando al Sol, como si éste fuera a hablarles de un momento a otro, obedientes como los profesores de una orquesta en esos brevísimos instantes que transcurren entre el golpeteo nervioso de la baqueta del director sobre el atril y el comienzo de la sinfonía, atentos todos a la varita del director que va a comenzar ya a dibujar en el aire del teatro la bella estructura musical. Hay un instante en que todas las gaviotas están completamente inmóviles, y la formación, de tan geométrica, es casi militar, [casi] produce dentera contemplar un aire tan prusiano en unas aves tan pacíficas. Esa quietud mineral, quebrada tan solo por el ligero temblor de alguna pluma salpicada de agua, o un arranque de vuelo que no cuaja, tiene algo de sobrenatural que se niega a ser apresado por medio de la palabra. Esta escena que se repite cada mañana termina siempre porque más tarde o más pronto llama la atención de alguno de los perros que corren en ese momento por la playa y que termina por caer de lleno en la tentación de romper esa arquitectura de movimiento congelado, con el mismo placer, suponemos, que sentimos los humanos ante la perspectiva de hacer añicos la enorme vidriera de una catedral gótica, o de abrir una herida en un saco de trigo y contemplar como se desangra en oro lentamente. Pues eso...que todo termina cuando algún chucho se mete entre ellas y se levantan todas a la vez, lentamente, hacia el cielo, como un encaje de bolillos para luego a medida que van ascendiendo disolverse en el aire, como un azucarillo en el agua...o como una nube en el viento....Y oigo la respiración cansada del mar que muere en sus orillas. Como si se tratara de un gran monstruo marino que dulcemente agonizara a mis pies, así es el lamento del mar durante esas noches de insomnio.Cuando el viento de Levante sopla con furia y el mar se enfada, ruge entonces con tanta fuerza que parece como si lo tuviéramos al pie mismo de la terraza. Durante el invierno, en el silencio de la noche, todo el caserío se estremece con el estampido que produce el mar al chocar contra el acantilado de la Ermita. Muchas noches me he levantado, cuando no podía dormir, y he terminado por asomarme a los cristales de la ventana y distinguir o creer distinguir con no poca dificultad, allá lejos, en la negra oscuridad, una diminuta luz amarilla que sube y que baja con una frecuencia regular, que aparece y desaparece con un cierto ritmo de tic-tac de reloj. Y me imagino a los marineros de ese barco, porque es un barco, agrupados en el puente, junto a la caña del timón mirando para nosotros, para nuestro pueblo, al que verán asimismo en el horizonte como una pequeña tarta de cumpleaños sembrada de diminutas luminarias que tililan en la distancia y que, a medida que ellos se alejan de nuestras costas se va hundiendo lentamente en el horizonte como un atardecer extraño. Que grata sensación de abrigo y de compañía sentirán, sin duda, cuando, navegando en mar abierto, hundidos en la más impenetrable oscuridad, con la proa del barco agonizando entre las olas, con un cielo negro de presagios, descubran, allá al fondo del horizonte, una débil luciérnaga que se enciende y se apaga intermitentemente. Ya no estamos solos -pensarán- allí, dentro de aquel Faro hay alguien ahora que vigila nuestro paso por estas aguas Y seguirán navegando -pienso con el rostro pegado a los cristales- y verán como esa diminuta estrella que les grita desde el fondo negro se va hundiendo poco a poco por la popa del barco hasta desaparecer completamente. Y volverán otra vez, a sentirse inmensamente solos, bajo una inmensa bóveda negra que arde de estrellas.Cuando se va aproximando la primavera son, entonces, los grandes trasatlánticos los que cruzan nuestras costas, lentos y enormes como hoteles de lujo a la deriva, con su derroche de luz, en los que se puede distinguir, con la ayuda de los prismáticos, y si hace una de esas noches limpias y claras, su cubierta solitaria por la que en ese instante transita algún pasajero ocasional, andando con esa torpeza con la que andan los buzos debajo del agua. Otras veces es una temblorosa silueta que se diluye tras las vidrieras. Y más abajo, pegadas a los costados del buque las aguas oscuras y brillantes como piel de reptil que se estrellan contra su casco. Recuerdo la primera vez que Mario se bañó conmigo en estas playas. Aún no habíamos comprado la casa, pero ya compartíamos algunos sueños, como ese, el de la casa, y andábamos todo el día haciendo proyectos para venirnos a vivir a este pueblecito costero. Él estaba esperando una pequeña herencia de su madre con la que pensaba dar la entrada para una autocaravana si entre los dos -me propuso- pagábamos las letras. Era una noche del mes de agosto. Hacía ya cuatro o cinco meses que habíamos formalizado nuestras relaciones y teníamos ya decidido irnos a vivir juntos a alguna casa aunque fuera de alquiler, pero, eso si, sin casarnos, cosa que, por otra parte, era imposible pues él aún no había legalizado su anterior divorcio y ninguno de los dos estábamos dispuestos a esperar tanto. Me insistió mucho en que no quería tener hijos. Pobre Mario, ¡qué concepto tan malo ha tenido siempre de sí mismo como padre! Aquella tarde lo recogí con mi coche en el edificio antiguo de Correos, junto al Ayuntamiento. Lo acompañaba su hija, Clara, y traía aquella camisa tan horrible (a él le parecía de lo más "in") muy parecida en los colores y en los dibujos a las que llevaban aquellos conjuntos de boleros y sambas que en los años sesenta actuaban por las ferias baratas de los pueblos, comiendo de menú y durmiendo en la fonda de la Estación. En el Paseo Marítimo, cuando llegamos no cabía ya una persona más. Muy cerca de las terrazas el mar era, desde donde nos encontrábamos, una gelatina oscura y espesa que respiraba con dificultad bajo el peso de la calima del verano. Hacia la parte de Poniente, el Faro de Mijas lanzaba sus destellos que con no poca dificultad conseguían romper la espesa humedad que flotaba sobre el mar. En nuestra orilla, el encaje roto de su espuma rebrillaba en algún punto iluminado por las farolas del Paseo. Grupos de adolescentes de cuerpos elásticos y pieles brillantes corrían por la orilla riendo y gritando amenazando algunos de ellos, sin duda los más bebidos, a sus compañeros con espontáneos intentos de desnudos que no llegan a consumarse. Algunos bautizan la testuz quieta del mar con los restos del vino de su copa. Cuando viajemos a Grecia descubriré que a todos estos pueblos es el mar lo que nos ha unido y el que ha esculpido en nuestro interior esa forma de ser que a muchos de mis paisanos le ha servido para sentirse acomplejado cuando han mirado al norte, a esa Europa consumista de brillantes automoviles y altos índices de colesterol. Aquella noche, en las terrazas de los chiringuitos los camareros con sus camisas blancas remangadas y sus pantalones negros podían en cualquier momento romper a bailar un siltaki sin que nadie se extrañara por ello pues la coreografía que se veían obligados a realizar para circular entre las mesas rondaban ya muy cerca de esa jota aragonesa pasada por el Mar Egeo y que Anthony Queen hizo tan popular entre los españoles de mi generación. Con las bandejas planeando sobre las cabezas pasaban con dificultad por entre las mesas gritando los diferentes platos que llevaban entre sus brazos en un equilibrio casi imposible recogiendo como pases de tauromaquia el mar de sonrisas agradecidas de los primeros turistas de la temporada. La gente tomaba al vuelo las fuentes de calamares todavía humeantes o las pequeñas y perfumadas hecatombes de sardinas atravesadas por los espetos de caña. Las jarras de cerveza volaban practicamente por encima de las cabezas con sus glaciares de espuma temblorosos derramándose por los bordes. Entre el intenso olor del aceite frito penetraba de vez en cuando, sin saber de donde procedía, un suave perfume de jazmín que sin duda la brisa del mar le robaba a la tierra. Despues de cenar en uno de ellos nos fuimos a pasear por la orilla, con los pies descalzos, cómo haciamos en las verbenas de San Juan. No recuerdo como sucedio pero, hay un momento en ese paseo en que nos encontramos ya los dos, completamente desnudos dentro del agua y Clara la hija de Mario, algo cortada, nos mira sin saber si en ese momento toca reir o toca aparentar que no se ve lo que en realidad si se está viendo. Yo, en broma, le recordé que ella ya debería estar acostumbrada a las originalidades de su padre. Pero creo que fue mi comportamiento el que la desconcertó.Mario, que va algo más bebido que yo, se desnuda delante de su hija con esa naturalidad que presta la pequeña dosis de alcohol, y antes de zambullirse se da unos sonoros cachetazos en las nalgas. Luego nada unos metros hacia dentro perseguido por el blanco puding de su trasero a flor de agua, y, cuando cree que está lo suficientemente retirado como para impresionarme me invita a que le siga, cosa que yo no hago. Vuelvo a invitar a Clara y aprovechando la lejanía de su padre, al final también ella se desnuda y se baña con nosotros aunque manteniendo una distancia lo suficientemente cómoda para no ruborizarse en mi presencia. A lo largo de todo el paseo, columnas de humo perfumadas y grasientas ascendían hasta unos metros por encima de las casas disolviendose luego y rompiendo sus penachos, consagrado la sabrosa hecatombe de pescado. Las diferentes músicas se mezclaban y lo que llegaba a nuestros oidos era un batiburrillo verbenero...Me sentí muy joven aquella noche. Mario se empeñó en llevarse mis braguitas como recuerdo. Clara, que era la unica sobria de los tres, nos tomó de la mano y nos condujo hasta el coche. Nosotros dos solos no lo hubieramos encontrado. Mario, esa noche, al igual que todas las verbenas de San Juan, me dice que le trae a la mente la novela de Marsé, <<Últimas tardes con Teresa>> y me habla otra vez del personaje Pijoaparte que le despierta mucha ternura por recordarle ciertos amores que él, también emigrante en Cataluña, tuvo con una burguesita que veraneaba en la Costa Brava con apartamento propio. Yo, como siempre, termino prometiendole que un año iré con él a pasar a Barcelona la Nit de Sant Joan y aún no hemos ido.

No he dormido nada.....



                 I I

No he dormido nada en toda la noche. En más de una ocasión me he sorprendido a mí misma, contando los guiños anaranjados que el semáforo de la esquina ha ido escupiendo a lo largo de toda la vigilia sobre el asfalto de la plaza, y cuyo resplandor intermitente ilumina también esta habitación convirtiéndola en un decorado de cine negro, como las que salen en esas películas de "buenos" y de "malos" en las que el anuncio fluorescente de un popular cigarrillo americano, colgado de la fachada, ilumina, a intervalos la covachuela oscura y estrecha donde tiene su oficina uno de esos detectives privados, ratas viejas del oficio al que la cámara siempre sorprende durmiendo sobre un sillón giratorio, con los pies echados encima de la mesa, una botella de uiski a medio consumir al alcance de la mano y el cenicero lleno de colillas; de fondo, una vieja trompeta tocará seguramente las notas de un "blues". Su imagen va surgiendo de la oscuridad y volviendo a desaparecer en ella, brúscamente al ritmo con que sucesivamente se va encendiendo y apagando el anuncio de neón, que seguramente colgará de una fachada de ladrillos ennegrecidos, restos de un viejo edificio que sin duda se encuentra en las afueras de una de esas ciudades provincianas del medio oeste americano. Todo eso me ha hecho imaginar la iluminación nocturna de mi celda hospitalaria. Después mi atención se ha fijado en la sombra que las farolas de la calle proyectan sobre el trozo de techo que está justo encima de mi cama. Las rejas de la ventana, han formado otra, otra reja alargada que se estira y deforma a medida que se aproxima a la esquina. Parece el fondo del cartel de una película "de suspense". Y esta imagen me ha llevado a recordar una de mis películas favoritas: En el calor de la noche. He abandonado por la ventana el cuartucho sucio y oscuro de ese detective privado hollyvudense y, como la niña de la historia de Peter Pan, volando por encima de la ciudad, me he ido con Sidney Poitiers y el ayudante del sheriff a dar con ellos ese paseo nocturno que sale en la pelicula (y que ha pasado ya a la historia del cine) y en la que el inspector negro busca pruebas irrefutables para humillar al sheriff blanco. El coche, silencioso y oscuro como una plaga bíblica se va deslizando lentamente por las calles solitarias de aquella pequeña ciudad racista del sur americano. La mortecina luz de las farolas hiere la pintura negra del morro del coche de ese ayudante torpe y malo al que tanto le gustan las tartas de chocolate..o de fresa, no recuerdo bien. Cuando hemos llegado a las afueras del pueblo, al bar de carretera donde el camarero asesino juega al escondite con las tartas preferidas del ayudante del sherif, éste, el camarero nos ofrece, en primer plano, una sonrisa diabólica de malo malísimo que, sin embargo, hoy despertarían la hilaridad del público joven, educado ya en unos efectos especiales de un realismo mucho más impactante. De pronto, ha comenzado a roncar sordamente mientras su rostro se me diluía en la oscuridad del cuarto, igual a como cuando niños, en el cine del barrio, se nos disolvía la imagen de la pantalla haciendo burbujas poque se había quemado el rollo de película y unos de los bellos gestos de la Ava Gardner, -por ejemplo- justo en el instante de besar apasionadamente al galán de turno, se nos iba por uno de aquellos ojos de pez muerto, entre los aullidos y el pataleo del público que reclamaban el modestísimo importe de la entrada. Entonces he caido en la cuenta de que los ronquidos procedían del motor del aire acondicionado de mi cuarto que hace un ruido como de animal agonizante y que, en cada eructo, expele un fuerte olor de retrete viejo, de orina oxidada.Acaban de dar las cuatro en el reloj de la iglesia, esa que está al otro lado de la carretera y que parece uno de esos Palacios Municipales de Deportes que ahora fabrican en serie los Ayuntamientos pobres y que los jubilados, a falta de jardines, utilizan para pasear su aburrimiento y para aliviar la próstata en sus esquinas de hormigón y césped artificial.La luciérnaga de cristal que tengo colgada encima del cabecero ha ido derramando, golpe a golpe, como una clepsidra su gota de suero en el interior de mis venas. Me la imagino a esa gota de medicina entrando en mi vena como esos toros de los encierros cuando se derraman por la plaza buscando por todos los rincones un objeto que cornear. Otras veces me las imagino como una masa de civicos ciudadanos que se derraman por las escaleras del Metropolitano como un río de paño y "nailon" en una hora punta. Así ellas van entrando ordenadamente por mi "metro" de tejidos y proteínas. Nada más entrar iran buscando por todos los pliegues rosados de mis venas. Me las imagino desde el interior como un tunel de nácar por el que discurre un torrente rojo y cálido que, como en las alcantarillas se bifurca en los diversos ramales perdiéndose en algunos remolinos que otros conductos, ocultos por el propio caudal de sangre, originan. De sus paredes, se desprenden unos platos blancos que surgen de la pared misma sin romperla, como si nacieran del propio tejido de la vena y caen a la sangre que se las lleva inmediatamente corriente abajo. Las paredes de las venas tienen una luz de neon, como esas nubes gris claro de los días de lluvia a las que el sol, oculto entre ellas, les da una luz blanquecina, dándole al cielo el aspecto de una fina lámina de marmol translúcida. A veces veo pasar flotando en la corriente unos pedazos de carne negra, desgarrones sanguinolentos. Son, me digo, esas células que, rebelandose contra la más elemental ley de la Naturaleza que es la ley de la supervivencia, por la que todo microorganismo por muy diminuto que sea tiende a vivir y a reproducirse se están alimentando de su propia muerte, envenenando el medio que a ellas les da la vida. Mi muerte supone la de ellas. ¿Será -me pregunto- el cancer, una forma de suicidio?Como tengo las venas "algo dificiles" -eso han dicho aquí en el Hospital- el enfermero de guardia ha estado toda la noche pendiente de mis brazos. Es un chico de pueblo, risueño y un poco ingenuo. Me gusta mirarle a los ojos y observar como agacha la mirada como un David adolescente. Tiene algo de joven efebo de película de Passolini; esa belleza rural, campesina, que huele a heno y leche agria. Es de los pocos que no enciende las luces cuando entra de noche a cambiarme el suero, y que se preocupa de que el batido de fresa, esa cosa tan horrible que sabe a fresa machacada con bicarbonato, lo guarden en el frigorífico para que esté fresco a la hora de la merienda <<...que -le dije una tarde- caliente, y con ese sabor no hay forma de tragarlo>>Veo mi propio dolor reflejado en su rostro cuando me quejo. Las facciones se le contraen en un gesto amargo. Se nota enseguida que es su primer destino y que aún no se ha endurecido lo suficiente como para desarrollar su trabajo en este tipo de trincheras sabiendo sortear los balazos del sufrimiento. En un momento se me ocurrió preguntarle si ya había presenciado alguna muerte pero tuve la discreción de callar en el último instante. Nunca me hubiera perdonado hacerle esa pregunta.Cuando llevo mucho rato escribiendo siento un hormigueo entre los dedos. Mario insiste en traerme su ordenador portatil pero rechazo su ofrecimiento. Todavía no me he acostumbrado a teclear mi vida, prefiero acariciarla con mi estilográfica, parece como si la dibujara. Hace dos o tres días que se ha comprado un portatil de no sé cuantos megas, pero debe ser algo importante por la cara de felicidad que pone cuando me lo cuenta. Yo le respondo que cuando me acostumbre a llevar encima la vigilancia permanente de un movil encendido, intentaré adentrarme en el mundo de los ordenadores. Pero que por ahora...Todavía he de consultar el libro de instrucciones para introducir en el movil el número de "pin".En la habitación de al lado han estado durante esta noche haciendo ruido de camas. Ya me conozco demasiado bien ese ruido; no se me despinta. Es el que hacen la limpiadora de guardia cuando prepara una habitación para otro paciente que entra durante la noche. Pero el que hasta ayer se encontraba ocupándola....¿Qué habrá sido de él? ¿Vivirá aún? ¿O quizás.....? ¿Sería un hombre o una mujer? ¿Joven? ¿Viejo? A los enfermeros es imposible sacarles una palabra...Y en el fodo creo que hacen bien. Cuanto menos sepamos de los demás, menos sabremos de nosotros mismos. Cuando ha llegado Mario he intentado leer en su rostro la lectura de alguna muerte pero no he encontrado nada. Creo que él, conscientemente, se guarda de saber nada. Es la mejor forma, pensará, de no traicionarse con los gestos en mi presencia.He vuelto a recordarle que no quiero recibir visitas de nadie, fuera de él y de mis hermanos. Porque aunque el pelo no ha comenzado aún a caérseme, el aspecto que ofrezco es de lo más deprimente. Me niego a que nadie fuera de mi familia me vea con este aspecto. Me tranquiliza diciéndome que en el puesto de guardia ya han introducido ese deseo mío en el ordenador para cuando algún visitante pregunte por mi habitación.Casi toda la mañana la he pasado mirando al techo y rumiendo pensamientos que de tan negros, de tan pesimistas, no me atrevo siquiera a reflejarlos en estas páginas.Una de las auxiliares que ha venido esta mañana para hacerme la cama y cambiarme las sábanas me ha regalado una estampita de Fray Leopoldo. El pobre fraile, con su cara de panadero viejo me mira desde el fondo sepia de la estampa y me parece como si viera en su mirada la solicitud de una resignación que a mí me falta. Como no sabía cual podía ser mi reacción, ha mirado con ciera timidez a Mario, como solicitando su aprobación y luego impostando la voz como una actriz de teatro ha vuelto a tomar el piadoso cromo de entre mis manos y lo ha colocado en la cabecera de mi cama haciendo escuetos comentarios sobre el catálogo de milagros del santo. Después, como para romper el hielo que se hubiera podido formar con su atrevimiento me ha comentado la última noticia del realiti show emitido anoche en un canal comercial de la televisión. Esta mañana, por primera vez, la acompañaba una de las recien ingresadas, jóvenes inexpertas que parece como si se ahogaran, cuando me ayudan a incorporarme de la cama; me toman con miedo de los brazos como si yo fuera un diamante o una joya única que se les pudiera romper entre las manos en cualquier instante. De todas formas la ternura les abrillanta la mirada, cosa que yo les agradezco con la mejor de mis sonrisas.

martes, 4 de febrero de 2014

Si le perdiésemos a la Muerte...

                                            
                                                                                        III



Si le perdiésemos a la Muerte ese miedo ancestral que nos paraliza solo ante la amenaza de su posible presencia, si nos atreviésemos a mirarla de frente, con la indiferencia que se mira el autobús que va a llegar a la estación, estoy segura de que por el aspecto que presentan cada mañana los médicos y enfermeras que nos atienden podríamos calcular, con un poco de práctica, el número exacto de días que nos resta de vida. Pero, es tal el ansia de vivir que tenemos todos, que incluso cuando caemos víctima de un mal como éste que yo padezco y que tan brutalmente nos pone al borde de la Muerte, incluso entonces negamos la evidencia y los gestos y las palabras que a cualquier pondrían en estado de alerta nosotros, los enfermos los disfrazamos para que, contra toda razón, digan lo contrario de lo que están queriendo decir, o nos parezca que dicen aquello que en nuestro abatimiento queremos oir, ignorando la cruda y dura realidad que nos azota la razón nada más despertarnos cada mañana en estas celdas hospitalarias. Hasta en eso la Naturaleza es sabia que siempre encuentra un hueco para una avestruz asustada. Esta joven auxiliar, por ejemplo, que acaba de arreglarme la cama le ha faltado un ligero pellizco en las mejillas para echarse a llorar sobre mí. Cuando, al remeterme el embozo de la tapa, ha aproximado su rostro lo suficientemente al mío y la he mirado de frente al fondo de sus ojos ha desviado enseguida la mirada apretando fuertemente las mandíbulas como si temiera que en cualquier instante, al relajar los músculos de la cara, se le escapara de sus labios el terrible secreto que se le ha revelado esta mañana, al cambio de guardia, en la tertulia del puesto de enfermería. Cuando le cuento estas cosas a Mario dice que son imaginaciones mías y me amenaza con quitarme la pluma y el diario. Me dice que ahora debo concentrarme en mi curación y dejar los diálogos interiores -ironiza- para cuando esté en casa completamente curada. Y al preguntarle cuando ocurrirá eso, veo como una nube negra cubre su mirada. Intento disolverla con uno de esos falsos enfados míos que él conoce perfectamente y le pido que me acerque la cajita de caramelos.Ayer por la tarde me pusieron el último suero de quimioterapia. Poco antes de que sirvieran la cena había entrado en mis venas la última gota de fuego. Con no poco esfuerzo he podido comer un poco de tortilla y un yogur. Ya estoy comenzando a sentir nauseas al comer, y en algunas zonas de mi cuerpo ya han aparecido los picores y cierta quemazón que la medicina oficial nombra con el eufemismo de efectos secundarios y de los que ya me avisó la médica que me atendió el primer día. La noche la he pasado con mucha fiebre. Mario apenas si ha dormido, pues ha estado toda la noche poniéndome paños de agua helada en las piernas para bajarme la inflamación que me produce unos dolores terribles, y también en la frente para tratar de bajar la fiebre sin tener que recurrir al paracetamol. Ha habido durante gran parte de la noche movimiento de personas por el pasillo. Me ha parecido oir lamentos de sirenas por la parte que da a la plaza. Se ha debido producir alguna emergencia de la que, como en todos los casos, no tendré noticia alguna.Y volviendo a mis achaques, anotaré que la mañana ha sido algo más llevadera. Me dice la doctora Barrancos, cuando ha pasado esta mañana por la habitación, que posiblemente aumente el dolor de las piernas y que no debo preocuparme por ello, que cuando eso ocurra, será señal de que la médula ha comenzado ya a funcionar arrojando al flujo sanguíneo -transcribo literalmente- las defensas que ya ha comenzado a producir.Ya me han prohibido salir al pasillo, y han colocado sobre la puerta el letrero de "prohibida la entrada".Llevo ya casi una semana en este hospital y todavía mi mente se halla fuera de sus paredes. No acaba de acostumbrarse a la fría soledad de estos pasillos blancos, a este silencio de muerte habitado tan solo por el pitido agudo e insistente de los cardiografos, o como se llamen, y el golpeteo irregular de la expendedora de refrescos que, aunque no sea muy oportuno escribirlo en estas circunstancias, suena a ataud hueco. Claro que no creo que me acostumbre nunca. No nos preparan para estas situaciones tan extremas. Y quién sabe si no es mejor así.Nunca habría podido imaginar que mi soñado viaje por el norte de Europa tuviese este final de fiesta. ¡Dios mio!, pero si hace apenas diez dias que me paseaba con Mario, en una mañana soleada, por el barrio viejo de Estocolmo y que subíamos a la torre de su ayuntamiento para contemplar desde su mirador la hermosa perspectiva de esta ciudad que vive y crece entre pequeños lagos. Solo nos faltó aquella mañana entrar en El Salón de Actos donde tiene lugar cada año la entrega de los Premios Nobel; no fue posible, cuando llegamos ya lo habían copado dos excursiones de japoneses que lo miraban todo a través del objetivo de sus cámaras, del que solo despegaban sus ojos para responder ante cualquier contingencia con esa mueca facial que nosotros llamamos sonrisa y que a mí en cambio me ha parecido siempre una nota más de ese gregarismo tribal que tanto repele a mi individualismo.Aún permanece en la autocaravana nuestro equipaje sin deshacer. Tanta fue la urgencia con la que este mal reclamaba su lugar en mi vida que ni la ropa sucia hemos sacado todavía de su bodega.Y ahora me encuentro aquí, encerrada en la habitación seiscientos doce, imaginando, para matar el tiempo, capillas sixtinas y paisajes polares en esas nubes que pasan al otro lado de la cristalera, o tratando de imaginar por el ligero temblor de una mano que toma la mía o por la oscuridad de una mirada, el ritmo al que "ella", la innombrable me está ganando la partida, la velocidad a la que me está llevando hacia su trinchera, que para mí será la última.Mario me dijo anoche, mientras colocaba pacientemente paños frios sobre mi cabeza, que el próximo año hemos de hacer el proyectado viaje a las Islas Griegas, que no creyera yo que me iba a escapar, bromeaba. Pero sus palabras me sonaron a algo falso, a bambalinas de teatro barato, cómo si ni él mismo se creyera lo que estaba diciendo.Cuando escribo en estos cuadernos hay unos breves instantes en los que tengo la extraña sensación de que ya he fallecido y de que estoy contando trozos de la vida de otra persona que yo observara desde mi muerte, desde mi propia tumba. Es dificil de explicar pero es así como me ocurre. Ahora, por ejemplo, me ha parecido que la que ha viajado a Estocolmo ha sido otra persona distinta de mí y que yo era una cronista anónima, casi incorporea, solo una mente flotando en la nada que recreaba los últimos meses de la vida de esa persona. Y lo más sorprendente de todo eso es que, para nada me resulta desagradable tal sensación, es más....me resulta casi placentera, parece como si me liberara de algunos miedos que me visitan por las noches y de no pocas angustias infantiles que el estado en que me encuentro han desatado. Es posible que todo ello sea debido al poder de fascinación y de evasión que tiene la palabra cuando se vierte en el papel. Y sospecho que es así porque cuando cierro el cuaderno siento cómo si me precipitara desde el paraiso al mismo infierno, a este infierno de paredes blancas y agujas hipodérmicas. Mientras escribo siento como si le perdiera incluso ese respeto frio que se le tiene a este tipo de enfermedad. En cierta manera es como si ella me tuviera un poco menos en su poder. Con cada palabra que añado a mi narración alimento la ilusión de que puedo escaparme de sus frias manos que se niegan a soltarme. En cambio, cuando cierro este diario vuelvo a ser yo esa enferma que teme despedirse de la vida siendo aún demasiado joven. Y si no pudiera escribir, me inventaría una amiga, como hacia de niña, a la que poder contarle la historia de mis días de viva voz. La historia de quien sabe si mis últimos días. Era tal la fuerza de mi imaginación que había noches que casi la veía sentada a los pies de mi cama; con gesto triste si yo estaba triste y alegre si yo había pasado un buen día. (jean valjean)